El tiempo hace olvidar.

Contenidos, imágenes, sonidos, se desvanecen con suavidad amorosa mientras se funden en la amalgama existencial que conforma nuestra memoria y nuestra identidad.

Pero hay algo que perdura mejor en esa amalgama, los sentimientos. Como te sentiste en un momento, en una experiencia, en una vivencia, es algo que, aun fundiéndose en la amalgama, perdura indeleble.

Hace unos días viví una experiencia personal excepcional, con mi hijo, mano a mano, alma con alma.

Cuando surgió la oportunidad, algo en mi interior intuyó de inmediato la magnitud del impacto que podría tener, y por encima de donde estaba, de quienes estaban, y de lo que hacía, la única prioridad fue asegurar una logística garantista que nos permitiera exprimir al máximo la experiencia.

La experiencia fluyó, y fue perfecta, pero solo después, revisando las fotos, revisando los sentimientos, revisando el impacto emocional generado, empecé a tomar conciencia de la magnitud vital de la experiencia, y de cómo quedaría grabada en la amalgama de mi hijo y en la mía.

El niño cumplió un sueño, pero el padre también. Y el niño que hay en el padre vibró con y como el otro niño, pero más aún, porque estaba con el otro niño. Y una luz brilló en ambas amalgamas, una memoria de un sueño para dos.

Y tú, ¿has tenido memorias de este tipo?

Faltan 115 días.

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El tiempo hace olvidar.

Contenidos, imágenes, sonidos, se desvanecen con suavidad amorosa mientras se funden en la amalgama existencial que conforma nuestra memoria y nuestra identidad.

Pero hay algo que perdura mejor en esa amalgama, los sentimientos. Como te sentiste en un momento, en una experiencia, en una vivencia, es algo que, aun fundiéndose en la amalgama, perdura indeleble.

Hace unos días viví una experiencia personal excepcional, con mi hijo, mano a mano, alma con alma.

Cuando surgió la oportunidad, algo en mi interior intuyó de inmediato la magnitud del impacto que podría tener, y por encima de donde estaba, de quienes estaban, y de lo que hacía, la única prioridad fue asegurar una logística garantista que nos permitiera exprimir al máximo la experiencia.

La experiencia fluyó, y fue perfecta, pero solo después, revisando las fotos, revisando los sentimientos, revisando el impacto emocional generado, empecé a tomar conciencia de la magnitud vital de la experiencia, y de cómo quedaría grabada en la amalgama de mi hijo y en la mía.

El niño cumplió un sueño, pero el padre también. Y el niño que hay en el padre vibró con y como el otro niño, pero más aún, porque estaba con el otro niño. Y una luz brilló en ambas amalgamas, una memoria de un sueño para dos.

Y tú, ¿has tenido memorias de este tipo?

Faltan 115 días.

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