Leía el otro día un artículo sobre el sándwich mixto, que me llamó la atención, y que tuvo cierta repercusión en redes sociales, con muchas loas a favor. Puedes leer el original aquí.

Es un artículo bastante interesante, y que además comparto en el mensaje fuerza que quiere transmitir, que en resumen es que, en un mundo inundado por la mediocridad, el sándwich mixto se convierte en un símbolo poderoso: un alimento ni excepcional ni detestable, justo en el medio.

El autor usa y extiende esta analogía a diversos ámbitos de la vida, desde la política hasta la cultura popular, revelando cómo la sociedad actual se ha conformado con lo mediocre, lo cual se refleja en nuestra aceptación de estándares promedio en lugar de aspirar a la excelencia.

Pero, no sé si es por mi cariño hacia el sándwich mixto, o porque no me gusta nada el encasillamiento y la generalización, me chirría la perspectiva que se ofrece sobre el sándwich mixto.

Porque, en realidad, «sándwich mixto» es una categorización genérica, dentro de la cual existen una inmensa variedad de diferentes sándwiches mixtos:

  • Hay infinidad de tipos de quesos que se pueden utilizar, más o menos fundentes, con más o menos sabor, el cual, además, puede ser sinérgico con el resto de los sabores, o no.
  • Hay infinidad de jamones, con más o menos cuerpo, más o menos sal y más o menos sabor.
  • Hay infinidad de panes que puedes utilizar, no solo de molde, e incluso, aunque sea de este tipo, tampoco todos los panes de molde son iguales.
  • Puedes ponerle mantequilla (de la que a su vez hay múltiples sabores, desde el salado al dulce), o no.
  • Puedes ponerle aderezo, decoración vegetal que a su vez brinde frescor, picante o cualquier otro matiz.

Así que, discúlpeme el autor del artículo citado, pero en mi opinión, hay sándwiches mixtos que son absolutamente anodinos, aunque también los hay que pueden ser auténticas maravillas culinarias.

Pero, sobre todo, hay un factor adicional, y fundamental, quizá el que más, que marca la diferencia a la hora de apreciar un sándwich mixto. Se trata del «hambre» de quien se lo come. Si has pasado hambre alguna vez, y creo que es bueno haberlo pasado, aunque sea un poco, sabes de qué te hablo.

Quizá por eso, no puedo dejar de pensar que, en realidad, todos somos sándwiches mixtos, y que nuestra realidad no deja de ser el resultado de la combinación de nuestros matices propios y especiales, con el «hambre» del entorno.

Y esto es interesante, por diferentes perspectivas.

Primera, porque que el hecho de encajar en un sitio no significa que sea el lugar para el que estamos hechos. El entorno puede no tener «hambre», y por más matices maravillosos que tengamos como sándwich mixto, no salta la chispa. Seguro que tú, al igual que yo, has vivido, o vives, situaciones o entornos de estas características.

Segunda, porque siempre podemos cambiar nuestros matices diferenciales, evolucionando a mejores versiones de sándwich mixto, lo cual tiene el potencial de cambiar el resultado de la combinación.

Y tercera, influir o modular el «hambre» del entorno es posible, aunque no sencillo. Y a veces merece la pena embarcarse en ello, pero otras es mejor buscarse un nuevo entorno, o mejor aún, crearse uno propio.

En definitiva, que tú y yo somos sándwiches mixtos, pero no somos cualquier sándwich mixto.

Y a ti, ¿te gusta algún sándwich mixto?

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Leía el otro día un artículo sobre el sándwich mixto, que me llamó la atención, y que tuvo cierta repercusión en redes sociales, con muchas loas a favor. Puedes leer el original aquí.

Es un artículo bastante interesante, y que además comparto en el mensaje fuerza que quiere transmitir, que en resumen es que, en un mundo inundado por la mediocridad, el sándwich mixto se convierte en un símbolo poderoso: un alimento ni excepcional ni detestable, justo en el medio.

El autor usa y extiende esta analogía a diversos ámbitos de la vida, desde la política hasta la cultura popular, revelando cómo la sociedad actual se ha conformado con lo mediocre, lo cual se refleja en nuestra aceptación de estándares promedio en lugar de aspirar a la excelencia.

Pero, no sé si es por mi cariño hacia el sándwich mixto, o porque no me gusta nada el encasillamiento y la generalización, me chirría la perspectiva que se ofrece sobre el sándwich mixto.

Porque, en realidad, «sándwich mixto» es una categorización genérica, dentro de la cual existen una inmensa variedad de diferentes sándwiches mixtos:

  • Hay infinidad de tipos de quesos que se pueden utilizar, más o menos fundentes, con más o menos sabor, el cual, además, puede ser sinérgico con el resto de los sabores, o no.
  • Hay infinidad de jamones, con más o menos cuerpo, más o menos sal y más o menos sabor.
  • Hay infinidad de panes que puedes utilizar, no solo de molde, e incluso, aunque sea de este tipo, tampoco todos los panes de molde son iguales.
  • Puedes ponerle mantequilla (de la que a su vez hay múltiples sabores, desde el salado al dulce), o no.
  • Puedes ponerle aderezo, decoración vegetal que a su vez brinde frescor, picante o cualquier otro matiz.

Así que, discúlpeme el autor del artículo citado, pero en mi opinión, hay sándwiches mixtos que son absolutamente anodinos, aunque también los hay que pueden ser auténticas maravillas culinarias.

Pero, sobre todo, hay un factor adicional, y fundamental, quizá el que más, que marca la diferencia a la hora de apreciar un sándwich mixto. Se trata del «hambre» de quien se lo come. Si has pasado hambre alguna vez, y creo que es bueno haberlo pasado, aunque sea un poco, sabes de qué te hablo.

Quizá por eso, no puedo dejar de pensar que, en realidad, todos somos sándwiches mixtos, y que nuestra realidad no deja de ser el resultado de la combinación de nuestros matices propios y especiales, con el «hambre» del entorno.

Y esto es interesante, por diferentes perspectivas.

Primera, porque que el hecho de encajar en un sitio no significa que sea el lugar para el que estamos hechos. El entorno puede no tener «hambre», y por más matices maravillosos que tengamos como sándwich mixto, no salta la chispa. Seguro que tú, al igual que yo, has vivido, o vives, situaciones o entornos de estas características.

Segunda, porque siempre podemos cambiar nuestros matices diferenciales, evolucionando a mejores versiones de sándwich mixto, lo cual tiene el potencial de cambiar el resultado de la combinación.

Y tercera, influir o modular el «hambre» del entorno es posible, aunque no sencillo. Y a veces merece la pena embarcarse en ello, pero otras es mejor buscarse un nuevo entorno, o mejor aún, crearse uno propio.

En definitiva, que tú y yo somos sándwiches mixtos, pero no somos cualquier sándwich mixto.

Y a ti, ¿te gusta algún sándwich mixto?

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