El Congreso de Barcelona fue una experiencia catártica.

Hacía tres años que no pisaba un evento de la SEFH, justo desde el día que, tras perder las elecciones, salimos por la puerta del Palacio de Congresos de Sevilla, nosotros, los de Horizonte Farma. No voy a negar que fue un día difícil, tanto ese como el siguiente, muy difícil. Pero peor fue lo de después. Cerca de tres años de travesía por el desierto, toda una diáspora personal. En todo momento tuve el cariño y el apoyo de familia y amigos, eso nunca faltó, pero el daño y la desazón interna solo yo podía gestionarla.

Y cuando mi hijo pronunció una noche con todo su cariño, «Papá, que bien que ahora estés siempre en casa, que antes no estabas nunca», me terminé de romper. Y empecé a negar la mayor. Empecé a decidir con mi cerebro y a callar a mi corazón. Empecé a repetir a modo de mantra que no me volvía a presentar, que no merecía la pena, y porque no decirlo, que no se lo merecían. Y me empecé a apartar, a adentrarme voluntariamente en un desierto árido sin caminos ni final visible. Un desierto, en el que, además, el ostracismo percibido ayudaba a mantener, aunque de esto escribiré otro día.

Pero hasta en el desierto florece vida y nació La FHactoria. Decir que estoy orgulloso de La FHactoria y de quienes me acompañan en ella, es quedarme corto. Me gusta hablar con hechos, por lo que solo os invito a que entréis y la veáis quienes no lo hayáis hecho ya, y simplemente «escucharla». Grita juventud, pasión, conocimiento, clínica, ganas de pelear y triunfar, por parte de un montón de compañer@s en un ambiente multidisciplinar.

Y llegó el Congreso de Barcelona, y aunque no tenía ninguna gana de ir, un par de premios que se entregaban en la Asamblea, me obligaban a estar, por cariño y como homenaje a los premiados, además de la ilusión de quizá poder presentar uno de ellos.

El jueves del Congreso tuiteé una foto de tres cuartas partes de los miembros de Horizonte Farma en un restaurante de Barcelona. Quizá algunos pensaran en ese momento que maquinábamos la segunda parte de nuestra aventura conjunta, pero no era así. Veía a Maite y a Juan Carlos en persona por primera vez en tres años, y fue como si no hubiera pasado ni una hora. Cuando te juntas con personas a las que quieres y que te quieren, y con las que todo es fácil, los vínculos se mantienen y el tiempo no pasa. Y reconozco que allí se quebró la muralla de autoprotección, y el sueño que una vez fue y que había intentado acallar con todas mis fuerzas, hizo estallar todo con la presión descontrolada de años de represión.

A partir de ese momento en el Congreso solo miré, vi y escuché. El pasado, el presente y el futuro se reconciliaron y ya no había duda, iba a ser que sí.

No presenté ningún premio, aunque a esas alturas, ya era lo de menos.

Solo faltaba una cosa, la más necesaria. Quien no entienda que presentarse a la Presidencia de la SEFH es un proyecto familiar, se equivoca. Y hablé con mi mujer, que para los que no lo sepáis, también es farmacéutica de hospital, en un hospital y servicio diferente al mío. Farmacéutica de hospital de base, como a ella le gusta denominarse. Así que nadie crea que no tengo la perspectiva de la Farmacia Hospitalaria de base, o de otros hospitales que no sean La Fe, porque cada día me la cuentan, y de primera mano.

Y ella dijo sí… y nació este Diario.

Faltan 309 días.

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El Congreso de Barcelona fue una experiencia catártica.

Hacía tres años que no pisaba un evento de la SEFH, justo desde el día que, tras perder las elecciones, salimos por la puerta del Palacio de Congresos de Sevilla, nosotros, los de Horizonte Farma. No voy a negar que fue un día difícil, tanto ese como el siguiente, muy difícil. Pero peor fue lo de después. Cerca de tres años de travesía por el desierto, toda una diáspora personal. En todo momento tuve el cariño y el apoyo de familia y amigos, eso nunca faltó, pero el daño y la desazón interna solo yo podía gestionarla.

Y cuando mi hijo pronunció una noche con todo su cariño, «Papá, que bien que ahora estés siempre en casa, que antes no estabas nunca», me terminé de romper. Y empecé a negar la mayor. Empecé a decidir con mi cerebro y a callar a mi corazón. Empecé a repetir a modo de mantra que no me volvía a presentar, que no merecía la pena, y porque no decirlo, que no se lo merecían. Y me empecé a apartar, a adentrarme voluntariamente en un desierto árido sin caminos ni final visible. Un desierto, en el que, además, el ostracismo percibido ayudaba a mantener, aunque de esto escribiré otro día.

Pero hasta en el desierto florece vida y nació La FHactoria. Decir que estoy orgulloso de La FHactoria y de quienes me acompañan en ella, es quedarme corto. Me gusta hablar con hechos, por lo que solo os invito a que entréis y la veáis quienes no lo hayáis hecho ya, y simplemente «escucharla». Grita juventud, pasión, conocimiento, clínica, ganas de pelear y triunfar, por parte de un montón de compañer@s en un ambiente multidisciplinar.

Y llegó el Congreso de Barcelona, y aunque no tenía ninguna gana de ir, un par de premios que se entregaban en la Asamblea, me obligaban a estar, por cariño y como homenaje a los premiados, además de la ilusión de quizá poder presentar uno de ellos.

El jueves del Congreso tuiteé una foto de tres cuartas partes de los miembros de Horizonte Farma en un restaurante de Barcelona. Quizá algunos pensaran en ese momento que maquinábamos la segunda parte de nuestra aventura conjunta, pero no era así. Veía a Maite y a Juan Carlos en persona por primera vez en tres años, y fue como si no hubiera pasado ni una hora. Cuando te juntas con personas a las que quieres y que te quieren, y con las que todo es fácil, los vínculos se mantienen y el tiempo no pasa. Y reconozco que allí se quebró la muralla de autoprotección, y el sueño que una vez fue y que había intentado acallar con todas mis fuerzas, hizo estallar todo con la presión descontrolada de años de represión.

A partir de ese momento en el Congreso solo miré, vi y escuché. El pasado, el presente y el futuro se reconciliaron y ya no había duda, iba a ser que sí.

No presenté ningún premio, aunque a esas alturas, ya era lo de menos.

Solo faltaba una cosa, la más necesaria. Quien no entienda que presentarse a la Presidencia de la SEFH es un proyecto familiar, se equivoca. Y hablé con mi mujer, que para los que no lo sepáis, también es farmacéutica de hospital, en un hospital y servicio diferente al mío. Farmacéutica de hospital de base, como a ella le gusta denominarse. Así que nadie crea que no tengo la perspectiva de la Farmacia Hospitalaria de base, o de otros hospitales que no sean La Fe, porque cada día me la cuentan, y de primera mano.

Y ella dijo sí… y nació este Diario.

Faltan 309 días.

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